Mi Segundo Nombre

Algunos no lo saben pero tengo dos nombres, me llamo Cristhian Británico. Sí, Británico, ahora lo digo fácil, incluso me gusta bastante, me parece un nombre poderoso, único y especial, y aunque no lo uso mucho, me aseguro de que la B. siempre esté presente cuando tengo que poner mi nombre completo en algún lado.

Antes no era así, y esta aceptación que ahora parece tan normal ha ido pasando por varias etapas. En primer lugar, por supuesto, encontramos a la negación. Durante toda la primaria y una parte de la secundaria para mí era como si no existiera. Si no se trataba de un documento oficial o muy importante, jamás lo escribía, ni siquiera lo mencionaba, hasta que una maestra me dijo que si no empezaba a hacerlo, algún día iba a tener problemas al hacer algún papeleo.

Después vino el rechazo completo, acepté escribirlo pero odiaba que alguien me dijera así. Sobre todo a los maestros que al pasar lista disfrutaban haciendo hincapié en el nombre o a veces llamándome sólo Británico Córdova, por supuesto, acompañado siempre de las risas burlonas de todos mis compañeros del salón.

A mediados de la prepa entré en la resignación, me di cuenta que entre más lo negara más presente se hacía; y además, en cada etapa, me encontraba siempre alguien que aparentemente sólo por fastidiar me nombraba de esa manera, a pesar de que todos los demás siempre me dijeran Cristhian.

Para la universidad, mi nombre ya estaba completamente asimilado y le había tomado el gusto. En este punto podía ya explicar orgullosamente que Británico era el hijo de Claudio, emperador de Roma, y su esposa Mesalina, que lo llamaron así porque cuando su padre gobernaba, los romanos había conquistado la Bretaña; y que mi papá había escogido ese nombre para mí porque cuando yo nací él estaba leyendo un libro de historia romana, o al menos eso es lo que me contó mi mamá. Por supuesto, me seguía encontrando gente que decidía llamarme así. Ahora incluso, un Director de la Universidad donde trabajo se dirige a mi como “Licenciado Británico”, lo cual me causa mucha gracia.

El caso es que hace una semana fui al cine a ver una película del tour de cine francés. Normalmente, como apoyo a las producciones mexicanas, desde hace algunos años los organizadores del tour decidieron pasar un cortometraje mexicano antes de cada película, y en esta ocasión fue igual. No recuerdo el nombre del corto porque cuando llegué ya había empezado y además no capté mucho el sentido de la historia. Cuando terminó, y empezaron a salir los créditos, que normalmente me gusta leer, me encontré una sorpresa: ¡uno de los miembros del staff se llamaba Británico González! Me emocioné, de verdad me emocioné.

Una avalancha de sentimientos encontrados se vino sobre mi. Primero estaba impresionado de darme cuenta que había alguien igual de loco que mi papá, que había decidido ponerle a su hijo un nombre tan extraño. Después me dio un gusto enorme saber que había alguien más como yo, que seguramente había padecido las mismas burlas y malestares por tener un nombre tan raro, ya saben, me volví comprensivo y empático.

Pero después de eso, y es el sentimiento que más ha predominado, sentí una enorme decepción, mi nombre, único, poderoso, especial, ahora compartido con alguien.

Lo sigo pensando y trato de ignorarlo, ni siquiera intenté buscarlo en internet o tratar de averiguar quién es esa persona con la que comparto algo tan especial. No he buscado el corto ni pienso publicar una página en el Facebook para todos los que se llaman Británicos. Trataré de llevar mi vida tan normal como hasta ahora, portar con orgullo mi nombre, mi distinción, y todo lo que representa; y asegurarme de no contarle a nadie que aquello que me hacía sentirme tan orgulloso, tan especial, ha desaparecido.

Lo siento Británico González, no es nada personal.

Comentarios